Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 24 jul (INS).- El Covid-19 no únicamente infecta el sistema respiratorio, comprometiéndolo. El caso de Rebecca Wrixon, una mujer británica, residente en Londres, preocupa a los médicos.
A Wrixon, de 44 años y con hijos pequeños, no le preocupaba mucho la posibilidad de contraer el Covid-19.
Trabajando de niñera para una pareja de médicos en Londres. Siendo los ancianos y las personas con enfermedades crónicas los más vulnerables ante el nuevo coronavirus, la británica no creía que el patógeno pudiera afectarla gravemente.
Sin embargo, un día en abril, justo después de la Pascua, se despertó con un brazo adormecido.
Según contó en una entrevista con una cadena televisiva estadounidense (CBS News) le costaba manejar el mando del televisor y tampoco podía sentir su pierna.
Wrixon y su esposo pensaron que era un derrame cerebral y llamaron a la ambulancia, pero las pruebas descartaron que se tratara de un accidente cerebrovascular.
El neurólogo consultor Ashwin Pinto, que llevaba el caso de la mujer, comentó al citado medio de noticias televisivo que tenía todos los indicios de un derrame e incluso le empezó a costar hablar.
Cuando el estado de Wrixon empeoró unos días después, le hicieron una prueba del covid-19, pero más como un procedimiento rutinario por la pandemia, y nadie esperaba que diera positivo, sobre todo porque no tenía síntomas típicos como la tos, fiebre o dificultades respiratorias, o incluso los menos comunes, como la pérdida del sentido del gusto u olfato.
Resultó que Wrixon estaba contagiada con el Covid-19. Pese al positivo, no hubo indicios en su sangre o líquido cerebroespinal (cefalorraquídeo) que sugirieran que el virus estaba atacando directamente su sistema nervioso central. Solo la tomografía por resonancia magnética mostró que más de la mitad de su cerebro estaba gravemente inflamado.
En aquel entonces la mujer no podía mover la mitad de su cuerpo, ver con claridad o comunicarse con los médicos y su marido. Los mejores neurólogos no entendían qué le estaba pasando y a qué se debía esa reacción del organismo. La propia Wrixon pensó que iba a morir.
Entonces el neurólogo Pinto, que atendió el caso de Rebecca por casi tres semanas, se acordó de un estudio sobre un paciente en Detroit cuya respuesta autoinmune a una infección por el Covid-19 había provocado una inflamación del cerebro parecida y también grave, y decidió tratar a Wrixon no por una infección viral, sino por un problema en el sistema inmunológico.
Una vez que la mujer diera negativo por coronavirus, Pinto empezó a darle altas dosis de esteroides y transfundirle plasma sanguíneo para reemplazar su propio plasma con anticuerpos que deben combatir la infección con la de los donantes cuyos sistemas inmune no reaccionan a nada en exceso. De este modo buscó detener la agresiva respuesta de su organismo y aliviar la inflamación, y lo consiguió.
Un día después de la transfusión del plasma, Wrixon pudo mover un dedo, y al cabo de cinco días ya pudo levantarse y moverse. Le dieron de alta más de dos semanas después del ingreso en el hospital, y desde entonces se ha recuperado por completo. Tres meses después, Wrixon sigue teniendo dolor y entumecimiento en la mano y a veces le cuesta hablar.
Es una incógnita para los médicos saber cuánto tiempo más van a durar estos efectos. Este caso comprueba que el Covid-19, enfermedad que todavía guarda secretos, pese a ser extensamente estudiada. INS
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