
Imagen de archivo de los dominicanos luchando contra soldados españoles durante la Guerra de Restauración. Inter News Service
Santo Domingo, 16 ago (INS).-Con actos oficiales y de instituciones patrióticas de la sociedad civil, los dominicanos celebran este domingo 163 años de la Guerra de la Restauración, un acontecimiento que sucedió el 16 de agosto de 1863 y cambió para siempre el rumbo de la República Dominicana.
En el cerro de Capotillo, ubicado en la provincia Dajabón en la frontera noroeste del país, un grupo de patriotas levantó la bandera dominicana y lanzó el grito que encendería una de las páginas más trascendentales de la historia nacional.
Fue una heroica acción que marcó el inicio la derrota del dominio español y devolvió la soberanía a una nación que se negaba a desaparecer, según narran algunos historiadores como Frank Moya Pons, Roberto Cassá, Emilio Rodríguez Demorizi, Juan Daniel Balcácer y otros.
Ellos explican que en 1861, el presidente Pedro Santana había anexado el país a España, una decisión que provocó indignación en amplios sectores de la sociedad. Lo que había sido conquistado con sacrificio en 1844, con la declaración de la Independencia Nacional para liberarse del dominio haitiano, quedó reducido nuevamente a la condición de provincia ultramarina de España.
Resaltan que los abusos administrativos, la imposición de impuestos, la desigualdad en el trato de las autoridades españolas de entonces y la exclusión de sectores locales, alimentaron el descontento popular, de manera que el descontento fue extendiéndose por pueblos hasta convertirse en un movimiento nacional dispuesto a recuperar la libertad perdida.
La Restauración se trató de una auténtica guerra de liberación nacional que movilizó a campesinos, comerciantes, intelectuales y antiguos militares en torno a un objetivo común: restablecer la independencia de la República Dominicana y asegurar que ninguna potencia extranjera volviera a decidir el destino del país.
Gregorio Luperón
Cuentan esos historiadores que en esa situación surgió una de las figuras más admiradas del patriotismo dominicano: el general Gregorio Luperón, nacido en Puerto Plata y con apenas 24 años, al inicio de la guerra se convirtió rápidamente en uno de los principales líderes militares del movimiento.
Luperón poseía una capacidad natural para liderar hombres y tomar decisiones en situaciones límite. Su valentía, disciplina y profundo compromiso con la causa independentista le permitieron ganar el respeto de combatientes y dirigentes políticos.
Una de las acciones que consolidó su prestigio ocurrió durante la batalla de Santiago (región norte), en septiembre de 1863. En medio de intensos enfrentamientos urbanos, demostró una notable capacidad de mando al coordinar operaciones y mantener la moral de las tropas restauradoras. El resultado fue una importante victoria que obligó a las fuerzas españolas a retirarse hacia zonas costeras.
Desde ese momento, su nombre comenzó a asociarse con las principales acciones militares de la guerra. Luperón pasó a representar la determinación de un pueblo dispuesto a resistir incluso frente a un ejército considerado superior en armamento y recursos.
Uno de los factores decisivos para el éxito restaurador fue la capacidad de adaptación de los combatientes dominicanos. Frente a un ejército profesional respaldado por la Corona española, los patriotas desarrollaron estrategias que aprovecharon el conocimiento del terreno y las condiciones climáticas de la isla.
Las guerrillas se convirtieron en una herramienta fundamental, mientras los ataques sorpresivos, las emboscadas y los desplazamientos rápidos dificultaban la respuesta de las tropas españolas. Los restauradores conocían cada camino, montaña y río, lo que obligó a los soldados españoles a combatir en un entorno desconocido y hostil.
Además, los historiadores señalan que la geografía dominicana jugó un papel determinante porque las zonas montañosas del Cibao y otros puntos estratégicos sirvieron como refugio y base de operaciones para los combatientes independentistas. Esta ventaja permitió sostener la lucha durante meses y obligó a España a invertir cada vez más recursos para intentar controlar el territorio.
El machete, herramienta habitual del trabajo agrícola, adquirió entonces una dimensión simbólica. Se transformó en un emblema de resistencia popular y en una de las armas más utilizadas por los restauradores durante los enfrentamientos cuerpo a cuerpo.
A todo esto se sumaron las enfermedades tropicales y las difíciles condiciones ambientales, que afectaron seriamente a las tropas españolas. El desgaste físico y psicológico comenzó a reflejarse en la disminución de la capacidad operativa de las fuerzas enviadas por la Corona.
La Guerra de la Restauración no se libró únicamente en los campos de batalla. Paralelamente, los líderes del movimiento comprendieron la necesidad de construir una estructura política capaz de sostener la lucha y proyectar legitimidad ante el mundo.
Por ello, en Santiago fue establecido un gobierno provisional encargado de coordinar las acciones militares y gestionar las relaciones diplomáticas. Esta organización permitió articular esfuerzos entre diferentes regiones y mantener cohesionada la causa restauradora.
Gregorio Luperón, además de liderar operaciones militares, contribuyó a la organización de territorios bajo control patriota y trabajó para evitar fracturas internas que pudieran poner en riesgo la unidad del movimiento.
Su capacidad para anteponer los intereses nacionales a las ambiciones personales fue ampliamente reconocida por sus contemporáneos. En momentos donde las rivalidades entre caudillos podían amenazar el proyecto restaurador, su liderazgo ayudó a mantener el rumbo de la lucha.
La guerra dejó profundas heridas en el país. Numerosas comunidades quedaron devastadas y la actividad económica sufrió una paralización casi total. Los cultivos fueron abandonados, las rutas comerciales interrumpidas y varias ciudades padecieron los efectos destructivos del conflicto.
Santiago de los Caballeros sufrió severos daños durante las operaciones militares. Sin embargo, pese a las pérdidas materiales, la voluntad de resistencia nunca desapareció.
Otros valientes
Líderes como Benito Monción, Santiago Rodríguez, Gaspar Polanco y Gregorio Luperón mantuvieron viva la lucha hasta convertir la permanencia española en una carga difícil de sostener.
Con el paso de los meses, la situación comenzó a cambiar de manera irreversible. Mientras la resistencia dominicana se fortalecía, en España crecía el cuestionamiento sobre la conveniencia de continuar una guerra cara y sin perspectivas claras de victoria.
Para 1865, la campaña militar española se encontraba prácticamente agotada. Las dificultades operativas, los gastos crecientes y la falta de resultados concretos llevaron a que el tema fuera ampliamente debatido en las Cortes españolas.
Finalmente, la reina Isabel II firmó el decreto que autorizaba el abandono de la isla el 3 de marzo de ese año. Meses después, las últimas tropas españolas abandonaron territorio dominicano, poniendo fin a la anexión y restaurando definitivamente la independencia nacional.
La Restauración reafirmó la identidad dominicana y fortaleció el principio de que la soberanía nacional no podía ser negociada ni entregada a intereses extranjeros. Asimismo, evidenció el protagonismo de los sectores populares en la defensa de la nación. Campesinos, trabajadores, hombres y mujeres de distintos orígenes sociales participaron activamente en una lucha que redefinió el futuro del país. INS
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Imagen de archivo de los dominicanos luchando contra soldados españoles durante la Guerra de Restauración. Inter News Service
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