
Hannah Arendt. / Inter News Service
Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 13 dic (INS).- Hannah Arendt fue una filósofa alemana de origen judío, que luego se convirtió en ciudadana estadounidense. No le gustaba que la llamaran filósofa, pero la filosofía la atrapó en su adolescencia.
Arendt reflexionó acerca del totalitarismo, del holocausto y de las circunstancias que pueden llevar a un ser humano “normal” a cometer atrocidades. Dejó, así, escrita para la historia su teoría de la “banalidad del mal”.
La afamada profesora de teoría política fue la encargada de viajar a Jerusalén en 1961 como reportera de la revista The New Yorker para reseñar el juicio contra uno de los responsables del holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial: Adolf Eichmann.
Sus artículos para The New Yorker y que luego sirvieran como basamento para su libro Eichmann en Jerusalén, que llevaba el subtítulo de “Sobre la banalidad del mal”, le valieron el reconocimiento de unos, pero la execración por parte de la comunidad judía internacional.
El 11 de abril de 1961 comenzó el juicio contra el teniente coronel de las SS nazi y principal responsable de las deportaciones masivas que acabaron con la vida de millones de judíos y provocaron otros millones de víctimas, al sumar a aquellos que sobrevivieron, pero sufrieron el infierno de los campos de exterminio. Por eso hubo tanta expectación internacional sobre ese juicio en Jerusalén.
Eichmann fue secuestrado en mayo de 1960 en Argentina por el Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales (Mosad), la agencia de inteligencia exterior israelí. Vivía en Argentina bajo la identidad falsa de Ricardo Klement. Lo retuvieron durante nueve días, lo drogaron y lo deportaron, saltándose las leyes argentinas e internacionales.
Tenía dos opciones al ser capturado: morir o ser juzgado en Jerusalén. Y las dos terminaron siendo sus opciones: primero el juicio y luego la horca, el 31 de mayo de 1962, en Tel Aviv, con lo que se cumplió la sentencia de muerte dictada en el juicio.
Fue a raíz de haber presenciado ese juicio que surgió el concepto de “banalidad del mal”, tras hacer un perfil de la personalidad del acusado. Su peculiar visión sobre aquel personaje que estaba siendo juzgado provocaron airadas críticas contra ella.
The New Yorker terminó seleccionándola para cubrir periodísticamente el juicio contra Eichmann por ser ella la autora del libro “Los orígenes del Totalitarismo”. El libro describe el ascenso del antisemitismo en Europa central y occidental a inicios y mediados del siglo XIX y continúa con un análisis del Nuevo Imperialismo, período que va desde 1884 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.
Tenía entonces la oportunidad de reseñar periodísticamente el juicio contra Eichmann, militar nazi y encargado de la logística de movilizar por tren a los judíos exterminados en la implantación de la “solución final”. Fue el responsable de administrar y facilitar la deportación masiva de judíos a los guetos y centros de exterminio del Este de la Europa ocupada por Alemania.
En el transcurso de su reseña del juicio a Eichmann, Arendt acuñó la expresión “banalidad del mal” para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen, sin reflexionar sobre sus actos. Según Arendt los define, “no se preocupan por las consecuencias de sus actos, solo por el cumplimiento de las órdenes”.
La banalidad del mal describe cómo un sistema de poder político puede trivializar el exterminio de seres humanos cuando se realiza como un procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas y morales de sus actos de obediencia sumisa.
Según Arendt, el “mal radical” es un concepto que describe el intento, por parte de los regímenes totalitarios, de eliminar todo rasgo humano de los individuos. Bajo dicho régimen se anula toda capacidad del individuo de ser espontáneo, reduciéndose sus ejecutorias a la mera reacción ante diferentes estímulos.
Eichmann, para Arendt, era un individuo insignificante; una mera pieza de la maquinaria de un régimen totalitario. Sin embargo, esto no lo exculpaba de las atrocidades cometidas por el nazismo, porque, según su descripción, los mayores malhechores son aquellos que nunca se han parado a pensar en la consecuencia de sus actos.
Ella vivió el totalitarismo nazi, por ser judía, haber tenido que huir de Alemania y terminar en un campo de concentración en Francia, del cual pudo huir con su madre a Estados Unidos. Y en Jerusalén fue testigo presencial del juicio contra uno de los responsables del exterminio.
Sostiene Arendt que personas capaces de cometer grandes males o atrocidades pueden ser gente aparente y perfectamente “normal”. Sacudió al mundo reflexionando y haciéndole reflexionar sobre el papel de la responsabilidad individual en los actos de cada ciudadano, no existiendo una “maldad intrínseca”.
Eichmann, conforme a la apreciación de Arendt, no respondía a los rasgos de “un monstruo”, como lo veían muchos judíos, ni de alguien mentalmente enfermo. Su motor -según ella- no fueron la locura ni la maldad, sino funcionar dentro de un sistema establecido basado en el exterminio. A su modo de ver, él actuó como un burócrata, como un simple ejecutor, como una marioneta banal, solo guiado por el deseo de hacer lo que debía, lo que estaba estipulado.
Lo describió como una persona desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología nacionalsocialista nazi y a aplicarla hasta el final.
Personas como Eichmann, dice Arendt, no están movidas por una ideología racional o coherente, sino simplemente por la noción de participar en algo que consideraban histórico y grandioso. Lo consideraba una persona intrínsecamente insignificante, que no actuó movido por la locura ni la maldad, sino que trabajó y funcionó como una pieza más de la maquinaria de un sistema totalitario.
Eichmann resume, bajo la mirada analítica de Arendt, la terrible banalidad del mal. INS
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