
Pedro Castillo. / Inter News Service
Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 9 dic (INS).- No toda la izquierda política es revolucionaria. En el caso de Latinoamérica, hay candidatos que acceden al poder sin organizaciones de base popular, que no están preparados para defender con contundentes movilizaciones su gestión presidencial de transformaciones políticas, sociales y económicas.
Ese era el caso de Pedro Castillo, en Perú. Habiendo alcanzado prominencia a nivel nacional por ser el principal dirigente en la huelga magisterial de 2017 y tras su destacada membresía al comité regional en Cajamarca de Perú Posible, partido por el cual postuló en 2002 a la alcaldía de Anguía sin conseguir éxito en su postulación a la candidatura alcaldicia.
En 2021, Castillo se postuló a la presidencia de la República por el partido político Perú Libre, de origen regional y liderado por el dos veces gobernador regional de Junín (entre 2011-2014 y 2019), Vladimir Cerrón. El partido es de ideología conservadora en temas sociales.
Perú Libre fue fundado como Movimiento Político Regional, el 13 de agosto del 2008 en Huancayo, Junín. Alcanzó a obtener el gobierno regional de Junín con Cerrón en la gobernación, donde se instaló “un gobierno regional socialista”.
Con el apoyo de ese partido, Castillo logró el primer lugar en la primera vuelta (18.92%) y logró en la segunda vuelta (50.13%), superar a la líder de la derechista Fuerza Popular, Keiko Fujimori.
Su triunfo estuvo enmarcado en un populismo más bien simbólico que garantizó su victoria política, convirtiéndose en el presidente del sombrero cajamarquino, a través de cuya figura el campesinado y los sectores rurales se vieron representados.
Cuando transcurría la campaña por la segunda vuelta electoral y sorpresivamente Castillo iba adelante en las encuestas, un grupo armado, presuntamente Sendero Luminoso, asesinó en el Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), a 16 personas.
La sangre de las víctimas estaba aún caliente cuando políticos de la derecha peruana vincularon masivamente a Castillo con el asesinato. Con esa acusación falsa se confabularon grandes medios de prensa nacional, con el único argumento de ser un político de izquierda.
Acostumbrados los peruanos a tales bulos (fake news) políticos, el electorado no creyó ni en ésta ni en otras denuncias que lo vinculaban al comunismo, terrorismo o corrupción, sino que le ofreció su voto, tanto a él como al partido Perú Libre, de izquierda, que se convertiría en la primera fuerza legislativa.
Castillo, vencedor en la presidencia de Perú, constituyó un gabinete radical con figuras históricas del izquierdismo peruano, como su entonces canciller Héctor Béjar, y anunció como premier a un dirigente de base en su partido: Guido Bellido. Quedó vinculado con ello a la izquierda extrema y radical. El establishment de la derecha oligárquica de Perú se declaró en guerra contra él.
En esa guerra política sin cuartel desde que llegó a la presidencia de Perú, no valió para su apaciguamiento ninguna de sus jugadas de repliegue táctico, como cambiar sucesivamente los gabinetes gubernamentales, hasta renunciar a su afiliación al partido Perú Libre y negociar con el centro del espectro político nacional.
La renuncia a la afiliación al partido que lo llevó al poder, lo dejó sin apoyo político alguno y, sin capacidad para la movilización popular. Castillo no se estaba preparando para la probabilidad de una confrontación con el establishment de la oligarquía peruana, algo a lo que llegaría tarde o temprano.
A pesar de que los intentos del Congreso para destituirlo de la presidencia habían fracasado hasta ese momento, la derecha iba inclinando a su favor la balanza del poder político nacional.
Sin embargo, a pesar de su historial político de lucha como dirigente sindical, no utilizó desde la presidencia su potencial poder de convocatoria y movilización popular para defenderse políticamente. Recurrió a una pasiva diplomacia política de transacción con la derecha opositora, al extremo de, incluso, cambiar su imagen más proclive a los capitalinos limeños, dejando de aparecer públicamente vestido con su sombrero cajamarquino.
Tras ese intento de cambiar de imagen y negociar diplomáticamente con la institucionalidad sistémica peruana, de repente su determinación disparatada de abrir, en su aparente desesperación por sus fracasos políticos, un frente de guerra mediante la disolución del Congreso y la convocatoria a unas nuevas elecciones parlamentarias con miras a una transformación de Perú.
Pero no midió su desventajoso desbalance político de fuerza frente a su opositor establishment de la oligarquía sistémica peruana, acarreando con ello las concomitantes consecuencias de su destitución de la presidencia y su posterior encarcelamiento. INS
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