P. Rico-El poder absoluto se alcanza cuando la libertad y el sometimiento coincidan del todo, escribe en su libro el filósofo surcoreano Byung-Chul Han

Byung Chul Han. / Inter News Service

Por Rafael Santiago Medina

San Juan, 23 nov (INS).- Según el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, el poder no tiene por qué asumir la forma de una coerción. Porque aquello que atestigua el hecho de que se forje una voluntad adversa que se enfrente al soberano es justo la debilidad de su poder.

A su modo de ver, cuanto más poderoso es el poder, con más sigilo opera. Así que cuando el poder tiene que hacer hincapié en sí mismo para ejercerlo, es que ya está debilitado. Esto es algo que tienen necesariamente que aprender los gobernantes.

Han establece en su libro “Sobre el poder”, que el poder tampoco consiste en la neutralización de voluntades. La neutralización de la voluntad consiste en someter al súbdito, amoldándolo a todas las formas de la voluntad del soberano. Es un signo de poder superior cuando el súbdito “quiere” por sí mismo lo que desea el soberano y el súbdito obedece a la voluntad del soberano como si fuera la suya propia, concluye argumentando.

Al fin y al cabo, eso que el súbdito haría de todos modos, puede sublimarlo convirtiéndolo en contenido de la voluntad del soberano, realizándolo con un “sí” ante el poder. De modo que el poder es un “fenómeno de la forma”. Lo fundamental consiste en cómo se motiva una acción. La frase que expresa la presencia en el espacio de un poder superior no es “de todos modos tengo que hacerlo, porque estoy obligado a hacerlo”, sino yo “quiero” hacerlo.

En este razonamiento de Han, la respuesta a un poder superior no es la negativa interior, sino la afirmación enfática del súbdito como propia a la voluntad del soberano.

En cambio, el poder como coerción consiste en imponer decisiones propias de quien ejerce el poder contra la voluntad del otro. O sea, de aquel o aquella que está bajo sometimiento. El yo del poder y el otro del súbdito sometido se comportan de forma antagónica. Por lo tanto, el yo no es recibido en el alma del otro.

Afirma Han que un poder superior es aquel que configura el futuro del otro, y no aquel que lo bloquea. En lugar de proceder contra una determinada acción de otro, el poder influye o trabaja sobre el entorno de la acción o sobre los preliminares de la acción del otro, de modo que el otro se decide voluntariamente a favor de los designios del poder. Sin hacer ningún ejercicio de poder, el soberano toma sitio en el alma del súbdito.

El complejo acontecimiento del poder no se puede describir adecuadamente con una simple aritmética. Un poder opositor que sea apenas exiguo puede ocasionar daños sensibles a una supremacía. Con ello, también un enemigo débil obtiene gran importancia y, por lo tanto, mucho poder, advierte Han.

Dice, asimismo, que ciertas constelaciones políticas pueden otorgar mucho poder a un partido o a una nación débil. E interdependencias complejas se encargan de que el poder sea recíproco. Por ejemplo, si el soberano requiere la colaboración de los súbditos, entonces surge una dependencia del otro. El poder ya no puede formular ni imponer sus exigencias sin tener en consideración al otro, pues el otro dispone de la posibilidad de reaccionar a la coerción del poder renunciando a su colaboración, lo cual pone a quien o a lo que lo ejerce en situación difícil. Incluso los muy débiles pueden contrarrestar su impotencia en poder si hacen un uso diestro de las normas culturales.

Además, desde el punto de vista de Han, hay que tener en cuenta la múltiple dialéctica del poder. El modelo de poder jerárquico, según el cual el poder se irradia simplemente desde arriba hacia abajo, no es dialéctico. Cuanto más poder tenga un soberano, tanto más requerirá, por ejemplo, del consejo y de la colaboración de los subordinados. Podrá mandar mucho, pero, a causa de la creciente complejidad, el poder fáctico se transmitirá a sus consejeros, que le dirán qué es lo que debe mandar. Las múltiples dependencias del soberano pasan a ser fuentes de poder para los subordinados, que conducen a una dispersión estructural del poder.

Persiste la opinión de que el poder excluye la libertad. Pero no es esto lo que sucede. El poder logra su nivel máximo precisamente en la constelación en la que el otro se amolda voluntariamente a la voluntad y designios del poder. Un poder libre no es ningún oxímoron, opima Han. El poder libre significa que el que está bajo el yugo del poder obedece libremente. Quien quiera obtener un poder absoluto no tendrá que hacer uso de la violencia, sino de la libertad del otro. Ese poder absoluto se habrá alcanzado en el momento en que la libertad y el sometimiento coincidan del todo.

Esto puede explicar por qué un colonizado termina consintiendo el dominio colonialista del colonizador, como en el caso de los puertorriqueños -por 124 años al presente- con Estados Unidos. INS

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