Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 21 oct (INS).- Un día alguien descubrió que existía un ser inefable llamado Luminointeligencia. Pero este ser era escurridizo, huraño, esquivo. Era poco gregario, no muy sociable. Cuando aparecía, que eran muy pocas las veces, lo hacía en la lejanía campestre, en medio de la Naturaleza, en la soledad del bosque.
Ese día de la aparición de la Luminointeligencia fue por casualidad. Algo no buscado. Ese encuentro con ese ser inefable, fue de quien huía refugiándose en un ambiente campestre del trajín citadino; de alguien que quería respirar aire puro, lejos de cualquier asomo del virus pandémico y de todas las plagas que abaten a la humanidad.
Aquello era una especie de luz que delineaba un perfil que aparentaba que alguna vez fue un ser humano, pero sin definir características distinguibles de un rostro describible o de un delineamiento corporal específico.
Según explicó, había decidido difuminarse físicamente y disolver su cuerpo físico en la energía lumínica de su propia inteligencia y de toda la inteligencia de otros que había podido absorber mediante largas lecturas, escuchar atenta y críticamente la sabiduría que también se transmite oralmente y a través de sabias conversaciones. Y que aquella transformación suya había sido tras haberse cansado de los vicios, males, taras de la mediocridad intelectual.
Se había aislado de la sociedad ——dijo en aquella casual conversación—— hastiado de sus congéneres y lacras de la vida citadina y gregaria— tras haber comprendido al fin que en un país de enanos mentales, los gigantes intelectuales son temidos y hasta odiados. Que eso había sucedido con él. Y por eso se había disuelto en la luminiscencia de su energía intelectual y refugiado en el bosque, en la vida campestre, junto a lo más puro que pudo encontrar en la naturaleza.
Sin embargo, ese día había, en medio del follaje de la tantas veces ignorada y despreciada por el ser humano vida vegetal, había visto a un hombre agobiado por los avatares de la vida ——como lo estuvo él—— antes de convertirse en aquella energía lumínica.
Dijo que decidiría regresar a su antropomorfia cuando la mediocridad que domina la sociedad y la gobierna, abra paso a la meritocracia. O sea, al reconocimiento pleno y absoluto del mérito de la inteligencia, que es la que en realidad debe gobernar al país.
Cuando aquel ser luminoso desapareció entre la nada, me quedé con las ansias de preguntarle cuál era la ciencia que hacía posible poder transmutarse en un ser luminointeligente como él; cómo se transforma la antropomorfia en luz etérea del pensamiento. Salí de aquella área boscosa, meditabundo y confundido por no tener la certeza de determinar si aquel encuentro había sido real y verdadero. INS
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