Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 13 mar (INS).- Ha habido acontecimientos en los tiempos que vivimos hoy que rebasan el control humano. Esto ha llevado a plantear a los posmodernistas la necesidad pragmática de gobernar sin apasionamientos ideológicos, porque la realidad muchas veces rebasa la ideología.
El empirismo sobre la subjetividad del ideario ideológico en la política asegura, según ellos, no caer a ciegas en desatinos que desembocan en el mal gobierno. En ocasiones, los idearios políticos no encuentran respuestas a los acontecimientos repentinos no previstos y fuera del alcance humano.
En época de pandemia como la que se vive hoy, es del laboratorio de donde surgen las alternativas cientificistas para el bienestar de la gente. Pero el cientificismo es empírico, y la sociedad como laboratorio para los grandes políticos y figuras de Estado, conduce al tanteo desapasionado de opciones que deben ir probándose en proyectos pilotos y descartando lo que no tiene resultados prácticos de eficiencia.
Escasean en Puerto Rico políticos de tal talante que antepongan los resultados prácticos a sus apegos ideológicos. Parecen ser muy pocos los que aspiran a hacer de la política una ciencia. Para ello es necesario el empirismo en la política. En ocasiones, lo que creíamos era mejor y más conveniente, no necesariamente era como pensábamos.
La rigidez ideológica no permite la ductilidad que los acontecimientos requieren de los gobernantes.
Desapasionarse ideológicamente pareciera entrar en contradicción con la política, que ha estado sustentada en idearios que aspiran a convertirse en realidad. Empero, lo que ha sucedido a veces es que los sueños ideológicos terminan convertidos en pesadillas para el pueblo.
El proceso debiera estar invertido. No hacer gobernanza partiendo del ideario, sino partiendo de la praxis, de lo que ha probado ser funcional. De los resultados pragmáticos pasar a las definiciones ideológicas, a la política que se quiere sistematizar.
Para el politicastro que quiere hacer de la política su modus vivendi, lo más fácil es apegarse a la repetición de clichés ideológicos. Empero, para el buen político con talante de hombre o mujer de Estado se rige por el pragmatismo de resultados de ideas o proyectos políticos que han sido probados o que pudieran ser experimentados, sin aferrarse a permanencias definitivas.
Las ideas a ser experimentadas pueden o no funcionar. Y, a veces, las que funcionan tienen períodos de expiración. Llega el momento en que se hacen obsoletas. Saber cuándo una idea funciona o no, lo mismo que determinar cuándo se vuelve obsoleta, define la virtud de un buen político o de una verdadera figura de Estado. Esa es la flexibilidad intelectual que se requiere de un buen político y de un hombre o mujer de Estado.
Puerto Rico, así como gran parte del mundo, necesita hoy de transformaciones que se atemperen a los cambios de época, a las nuevas realidades. Sin esa flexibilidad, la política se convierte en un entorpecimiento a la evolución de la sociedad y al desarrollo del ser humano. INS
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