Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 8 jun (INS)- La definición identitaria de Puerto Rico como nación ha quedado interferida por un creciente asimilismo de absorción que deriva de la relación colonial de más de un siglo con Estados Unidos.
No se trata tanto de una pugna idiomática o de dos culturas fuertes —la anglosajona y la hispánica— en el escenario geográfico de esta isla del Caribe, sino de un problema político de identidad nacional por la interferencia del colonialismo estadounidense.
El inglés no ha podido imponerse en Puerto Rico y suplantar el español, a pesar del largo dominio de la nación norteña.
La asimilación de rasgos de la cultura anglosajona no ha sido mayor en Puerto Rico que la habida en otros países de Latinoamérica y del mundo por la gran influencia mundial de Estados Unidos.
El idioma español y la cultura puertorriqueña siguen con una vitalidad inmortal, mientras la puertorriqueñidad permanece inmarcesible como una flor lozana.
Empero, dentro de la puertorriqueñidad permea una indefinición vivencial de identidad nacional. No es, entonces, un problema cultural, sino uno estrictamente político. Si bien es cierto que se puede tener una relación política y económica estrecha con otra nación, máxime cuando es un país poderoso como Estados Unidos, en el intríngulis de esa relación —en el caso de Puerto Rico— hay un problema entrañable y esencial: el mal del colonialismo.
Si los puertorriqueños insisten en rechazar la soberanía y la independencia y quieren seguir siendo ciudadanos estadounidenses bajo la tutela de Estados Unidos, entonces hay que sanear esa relación política aviesa de más de un siglo.
Establecer una relación política, que nunca será entre iguales, debido a que el poderío de Estados Unidos siempre prevalecerá; pero sí una relación de respeto mutuo.
Esa mutualidad en el respeto de la relación política tiene que asegurarse que provenga también de Washington hacia Puerto Rico, no en una sola vía, desde aquí hacia allá.
En esa nueva relación política tiene que haber posibilidades de un desarrollo económico sostenible para Puerto Rico, sin ataduras de dependencias. Tiene que haber menos mendicidad colonial y más posibilidades de esfuerzo propio de los puertorriqueños, de modo que esa nueva relación política permita el fortalecimiento económico de una mayor autosuficiencia de este país caribeño antillano.
Dejar de ser un país reducido a mero consumidor dentro de un mercado cautivo resultante de esa relación política y económica con Estados Unidos para convertirse en un país también productor, tanto de las necesidades propias como con capacidad de exportación en los mercados internacionales. Poder negociar, además, acuerdos económicos con otros países.
Hay que analizar sin apasionamientos ideológicos, si la anexión asimiladora que se impulsa mediante la estadidad significaría verdaderamente sacrificar mucho del potencial de Puerto Rico como nación, sumiéndonos en la dependencia absoluta.
Sería un pago muy alto por una ciudadanía estadounidense y un protectorado económico al que se apegan los puertorriqueños para tener seguridad. Se puede, si se quiere seguir teniendo esa idea de seguridad, establecer una relación política y económica con Estados Unidos más constructiva y creativa, en beneficio de ambas naciones.
Muchos piensan que hay la posibilidad de esa nueva interrelación política asociativa dentro de la Constitución de Estados Unidos, fuera de un estricto y estrecho orden jurídico federal que ampare a Puerto Rico como extensión política estadounidense no colonial de ultramar. INS
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