Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 31 dic (INS).- Despedimos un año para recibir otro nuevo. Cada año esa despedida pareciera que se trata de despedir con el año que se va una parte de la vida misma. A veces, para unos, una parte no muy buena de ella. Para otros, no se trata de despedir el año, sino de celebrar lo bueno que fue, con a esperanza de que el año nuevo será igual de placentero. Pero todos, al recibir al nuevo año reconocemos intrínsecamente la sucesión de la vida, más allá de la cronología.
El tic tac del reloj es una marcha de compás tiránico del tiempo. Es la tiranía de la cronología. Empero, la sucesión del tiempo y de la vida es libertaria. Acaba con las restricciones de la cronología que marca tiránicamente el paso del tiempo. La sucesión del tiempo entraña la trascendencia de la vida.
Lo bueno de las despedidas de los años y el recibimiento de un año nuevo es que se convierten en ocasión de trazar nuevas resoluciones, que a veces se cumplen, pero la mayoría de las veces no. Si éstas se cumplen cabalmente o no, sigue siendo relevante la disposición de ánimo de fijarse nuevas metas.
Con el paso del tiempo, las despedidas de año se hacen para las personas avanzada edad una monotonía que deja de tener razón para tanto alboroto. En la senilidad, cada nuevo año que llega es un acercamiento a la muerte. El reloj biológico en impiadoso, aunque su cronometría del compás de tiempo no sea similar para todos. Para la juventud, en cambio, cada nuevo año que llega es una puerta que se abre hacia nuevas oportunidades; hacia la esperanza.
En la noche vieja, la última noche del año, bajo el umbral de la puerta que se abre a un nuevo año a las 12:00 en punto de la medianoche, hay entre los más jóvenes la alegría de entrar a la antesala de un habitáculo de nuevas vivencias. Mientras que para los de ya mayor edad es meramente el portal de la sucesión del tiempo, cuya marcha es inexorable e implacable.
Sin embargo, tras el amanecer de un nuevo año nada cambia verdaderamente. Será esencialmente lo mimo de lo que fue ayer; de lo que fue el año viejo. Las manecillas marcarán las mismas horas en la esfera del reloj, con su mismo compás; con igual tic tac, pero con significados distintos de su compás.
Para unos el tic tac del reloj será una marcha del tiempo hacia nuevos derroteros promisorios. Para otros, la monotonía de semejanzas de lo ya vivido. Para todos, un mismo final: la extinción de la llama que alumbra la vida.
Los jóvenes ven lejano ese final. Para ellos, queda mucho por vivir. Los viejos, en cambio, detectan su cercanía. Y con ello, la resignación, porque el final del compás de la marcha del tiempo es semejante para todos los vivos. Pero se abrirán con la sucesión del tiempo otros capullos para hacerse flor y darle continuidad a la vida. Se apaga la llama de la vida para unos, pero se enciende para otros.
La despedida de un año y la bienvenida de otro no es más que el simbolismo de la vida y la muerte. Muere un año para que nazca otro. Las 12:00 de la medianoche vieja, no es sino un portal al milagro de la sucesión de la vida. Con la celebración de un nuevo año se conmemora el milagro mismo de la vida. La vida que continuará en unos tras la muerte de otros. La vida que no muere. Porque la vida es y seguirá siendo vida con la muerte.
Noche vieja y el amanecer del año nuevo: la sucesión del tiempo y de la vida. Eso es lo que celebramos todos los años. Pero se hace necesario que aprendamos a valorar la trascendencia de su significado.
Así, con el nuevo año, la vida irá cobrando en nosotros el valor que ella tiene y su significado con la muerte. Porque una cosa carece de significado por sí sola sin la otra. Vida y muerte. Muerte y vida. La sucesión de la existencia. INS
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