P. Rico-Libia: un país en crisis y anarquía que quedó en el olvido de Occidente tras el derrocamiento de Gadafi

Por Rafael Santiago Medina

San Juan, 31 oct (INS).- Calcos de paradigmas políticos que se convierten en matrices de información periodísticas terminan induciendo a pueblos en el mundo a errores insalvables que tienen un gran costo en la historia de sus naciones.

Los libios, animados por el levantamiento en la vecina Túnez, se alzaron en 2011 contra Muamar al-Gadafi, en el cargo desde 1969 tras un golpe de Estado. Los rebeldes tenían fuertes aliados. En marzo, Naciones Unidas aprobó una operación militar destinada a proteger a la población civil. Los ataques llevados luego a cabo por la OTAN contribuyeron significativamente al debilitamiento del gobierno de Gadafi.

Tras una larga huida, se escondió por última vez en la ciudad de Sirte, a unos 450 kilómetros al este de Trípoli. Cercado por sus oponentes, el “líder revolucionario” trató de escapar por una alcantarilla. Pero fue capturado y asesinado brutalmente de inmediato. La foto de su cadáver ensangrentado dio la vuelta al mundo.

Las esperanzas de un nuevo comienzo para Libia pronto fueron frustradas por la realidad de una gran inestabilidad y vacío político. La euforia era grande, pero incluso entonces hubo palabras de advertencia, como las del entonces secretario general de la ONU, Ban Ki Moon: “El camino que Libia y su pueblo tienen por delante será difícil y lleno de desafíos”.

En 2014, la revolución derivó en una guerra civil que se prolongó durante años.

Para evitar un levantamiento militar, el gobierno sucesor a Gadafi utilizó como estrategia retener altos rangos y colocarlos a ellos y a sus familiares en puestos estratégicamente importantes. Compró, además, la protección de mercenarios extranjeros mientras mantenía fuera del poder a los rangos inferiores del ejército libio”, añade. Esto generó rivalidades que duraron años.

Durante el levantamiento, los diversos grupos sociales se unieron brevemente para derrocar a Gadafi. Sin embargo, después de su caída, estas alianzas se rompieron, porque únicamente los unía la oposición a Gadafi. Derrocado éste, ya no había nada que los uniera. Y se sucedieron elecciones sin resolver nada. “No existía una maquinaria política efectiva en la que se pudieran resolver y negociar las diferencias. Había un gran vacío de poder.

Como resultado, Libia experimentó el destino típico de los Estados fallidos: el poder estatal se vino abajo. Pronto hubo dos gobiernos: uno en la capital, Trípoli, el otro en la ciudad costera de Tobruk, en el oriente del país. Para proteger sus intereses, cada vez más actores extranjeros intervinieron en la guerra civil. Algunas de sus fuerzas, en particular las tropas mercenarias pagadas, todavía se encuentran en el país.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, por ejemplo, intentó hacer valer sus reclamaciones históricas sobre las reservas de gas en el Mediterráneo a través de una alianza con uno de los dos presidentes, Fajis al-Saraj. El gobierno egipcio, por otro lado, apoyó al gobierno de Tobruk, reconocido por la ONU, que estaba encabezado por el poderoso comandante Califa Haftar. El Cairo esperaba así controlar a los islamistas, especialmente a los Hermanos Musulmanes, cuya actividad podría fácilmente trasladarse a Egipto.

Los europeos, por otro lado, estaban interesados sobre todo en evitar que Libia se convirtiera en otro centro emisor de refugiados difícilmente controlable. Por eso el ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, consideró importante, en febrero de 2020, incluir en las negociaciones a los países vecinos de Libia. Hubo numerosas iniciativas para poner fin a la guerra. Los enviados de la ONU intentaron sentar a la misma mesa a ambos bandos, lo que finalmente se consiguió en las dos conferencias sobre Libia celebradas en Berlín en 2020 y 2021.

En febrero de ese año, se acoró que Abdul Hamid Dbeiba sería el primer ministro interino. Empero, muchos de los problemas del país siguen sin resolverse. No puede haber democracia en Libia, si el Ejército no puede estar bajo control y no acate las órdenes del gobierno civil. Ese es el caso de Libia en este momento. facciones armadas no reconocen la autoridad de la civilidad en el poder. Y lo que analistas piensan es que mientras ese sea el caso, la transferencia de poder es extremadamente peligrosa.

Otro problema es la falta de orientación programática articulada de los partidos, conservadores, islamistas o laicos, que pretenden organizar y participar en elecciones.  Se hace difícil en Libia actualmente organizar unas elecciones que legitimen el poder en una democracia, en un país sumamente dividido e intervenido desde el extranjero por intereses económicos. INS

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