
Puerto Rico es el estigma político de Estados Unidos en Latinoamérica y el Caribe que ha venido repercutiendo internacionalmente.. Inter News Service
Por Rafael Santiago Medina
San Juan, 24 jul (INS).- Un país como Puerto Rico, cuya esencia concerniente a lo que constituye jurídicamente su identidad nacional induce a una tajante polarización política, debe procurar una reconciliación consigo mismo.
La invasión de las tropas estadounidenses a Puerto Rico en 1898 sigue siendo una mácula en la historia de la relación política de Estados Unidos con América Latina y el Caribe, a pesar del gatopardismo de la retórica política de Luis Muñoz Marín (1898-1980) sobre el Estado Libre Asociado (ELA), que fingió cambiar la situación colonial boricua cuando se instituyó el 25 de julio de 1952, sin cambiar nada sustantivo en realidad relacionado a la soberanía nacional puertorriqueña.
La Constitución del Estado Libre Asociado fue en términos de los derechos civiles reconocidos al pueblo de Puerto Rico una carta magna de avanzada, pero un retraso político mediatizado jurídicamente por un tipo de relación política subordinada a los poderes plenarios del Congreso de Estados Unidos y a los designios en general de los poderes imperiales estadounidenses.
El baldón político de su condición colonial opaca el esplendor del ELA como carta magna del pueblo de Puerto Rico y esa opacidad no ha podido corregirse todavía hasta el día de hoy. La fecha de su conmemoración ha quedado marcada como la celebración de una farsa.
Estados Unidos lleva el peso sobre sus hombros de un pesado fardo lleno en su interior del baldón de una errática política colonial producto de su poder imperial en Puerto Rico desde 1898. Un fardo que seguirá pesando grandemente sobre sus espaldas, hasta que asuma una determinación resolutiva al respecto.
Puerto Rico es el estigma político de Estados Unidos en Latinoamérica y el Caribe que ha venido repercutiendo internacionalmente. Algo de lo cual ha tenido que defenderse diplomáticamente con retóricas poco creíbles en el marco del derecho internacional.
La conmemoración del ELA debe ser más que una celebración, un acto de constricción política y de voluntad de enmienda, con miras al futuro. El colonialismo no puede ser motivo de celebración.
Se hace meritorio reconocer que poner la prioridad en un esfuerzo por salir de la extrema pobreza en la que estaba sumido Puerto Rico en la primera mitad del siglo pasado, pudo conducir a errores políticos de procurar sacar provecho económico a una relación política estrecha con Estados Unidos, en el gatopardismo de lo que se catalogó en el ELA “los mejor de dos mundos”.
La preservación del idioma español, de una cultura autóctona y de un limitado autonomismo fiscal bajo el ELA, pero enmarcada dentro de una relación fundamentalmente colonial con Estados Unidos, fue a lo más que pudo aspirar el exgobernador Luis Muñoz Marín y su Partido Popular Democrático (PPD).
Catalogada esa carencia de soberanía política nacional por Rafael Hernández Colón, otro posterior gobernador del PPD elegido en las urnas, como “un déficit de democracia”, todavía al día de hoy sigue Puerto Rico cargando esa cuenta política deficitaria de democracia.
Es innegable que el ELA no ha cumplido una función descolonizadora para Puerto Rico en sus 70 años de vigencia y que urge su evolución, si se considera que es una fórmula política con capacidad para evolucionar, o de no ser posible, entonces, su sustitución por otra opción de estatus concerniente a la relación política de Puerto Rico con Estados Unidos.
Si en el propio PPD se ha reconocido el denominado “déficit de democracia” del ELA, apremia, entonces, que transformemos ese balance político deficitario en un superávit de soberanía nacional. INS
rsm/ndc
Inter News Service Agencia de Noticias